
La salada espuma de las olas cegaba los ojos de Astímono, el agua inundaba un tercio de la bodega de la nave y el fatal hundimiento tenía premisas de ser inminente. Muchos de los remeros yacían como marionetas en el mar, vapuleados por las olas y aplastados en los riscos de las rocas que guarnecían el litoral de Siracusa.
El miedo a la muerte despertaba los comportamientos más pueriles de todos aquellos soldados cartagineses que llevaban años combatiendo con los romanos en la Primera Guerra Púnica. Unos lloraban, otros imploraban clemencia a Dios y otros permanecían sentados en cubierta, con los brazos abrazando su cabeza, como intentando despertar de una pesadilla.
El Comandante Amílcar, que permanecía en pie, agarrado al mástil de proa ordenó a Astímono que reuniera a todos los hombres y que los trajera ante su presencia.
Tambaleándose y resbalando, el bravo soldado fue espoleando a la tropa y éstos fueron reuniéndose ante Amílcar. Éste ordenó que cada soldado asiera un remo y saltara con él a las oscuras aguas y que nadaran hasta el puerto de Siracusa.
Por aquel entonces, Siracusa permanecía como un territorio neutral, todo y estar en el centro de la batalla entre los romanos y los cartagineses. Siempre era mejor ser arrestado por las autoridades locales, que perecer en el mar o ser capturados por alguna nave romana que patrullara por la zona.
Uno a uno, sin apenas hablar, las miradas se cruzaron entre los soldados a modo de despedida y fueron arrojándose a las gélidas aguas de la costa siciliana. Entre ellos estaba Astímono, quien asido a un fornido remo consiguió llegar a la orilla de la playa de Siracusa.
En contra de sus peores presagios, la playa estaba desierta, no había guardianes por la zona y la atalaya estaba desierta.
Aturdido, fatigado y espantado se refugió entre los útiles de pesca de la lonja, utilizando las redes a modo de manta y una nasa para reposar su espalda. El sueño y el cansancio venció al miedo a ser descubierto y acabó durmiendo entre los restos de arenque y sardina que adornaban las redes.
Al poco rato, escuchó voces y desde su escondite pudo ver como un grupo de guardias iba ejecutando a cada uno de sus compañeros que iban llegando a la costa. El miedo se apoderó nuevamente de su cuerpo y rezó a Dios rogando su salvación.
Una poderosa mano se apoyó en su espalda, un hombre fino y arado en arrugas por toda su cara le tapó la boca y lo acompañó a su casa.
El hombre le dio cobijo, ropa seca y comida a cambio de nada, únicamente le rogó que desapareciera de su casa al alba. Y así lo hizo, al nacer el sol del nuevo día, ajustó su zamarra y se camufló entre la muchedumbre encauzando su camino hacia el mercado.
Tomó a bien una manzana en uno de los puestos, con tal descaro que el comerciante lo agarró por el cinto y le instó a pagar. Sin una sola moneda en su poder, intentó devolver la fruta mordisqueada, pero esto aún enfureció más al frutero, quien ayudado por otros comerciantes lo inmovilizaron y llamaron a los guardias.
Astímono fue detenido y reconocido como soldado cartaginés, siendo ejecutado esa misma noche.
Nota: Como todo lo que haga en esta vida, dedicado a mis hijos Pol y Carol
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